Cuento: El albergue. Autor: Edgar Anguiano

Cuento: El albergue. Autor: Edgar Anguiano

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El Albergue

Por: Edgar Anguiano

 

Sí, ya sé, esta noche podría estar en compañía de Susana. Podríamos hablar sobre el pasado y el presente y armonizar la conversación con suave música de los setentas. Podría leerme algo de poesía y compartir sus conocimientos literarios conmigo. La lectura en voz alta, con la entonación y tiempos correctos siempre me ha parecido un talento que a muchos nos ha sido vedado. Susana tuvo la fortuna o la dedicación de encontrar y desarrollar ese talento desde muy joven, según me había contado. Por la tarde la llamé, pero me ha dicho que debe arreglar una situación que no puede posponer. La entiendo. El tiempo poco a poco nos ha ido separando, como les sucede a todos. Las amistades y amores de antaño se pierden en el transcurso de los días y de ellas no quedan sino los recuerdos. Desde hace algún tiempo, más de lo que puede imaginarse, a Susana y a mí nos resulta difícil sostener una conversación que rebase los cinco minutos. Más complejo aún resulta frecuentarnos. Por eso insistí esta tarde, la extrañaba. Me es imposible dejar de pensar en ella y en todas aquellas tardes vividas en el albergue.

Susana, como muchas otras mujeres, me resultaba atractiva. Era difícil apartarle la mirada. Físicamente, no contaba con nada excepcional, pero de su persona emanaba una belleza difícil de comprender. Compartíamos algunas clases. En ellas me impresionaba la tranquilidad con que manejaba sus opiniones y lo acertadas que me parecían. Habíamos cruzado pocas palabras y, a pesar de esto, Susana me resultaba familiar. Rubén, un amigo muy cercano, la conocía desde hacía algún tiempo. Notó mi interés y cierto día se acercó y me invitó a una de las reuniones a las que se dirigían todos los días después de las clases, con Susana y algunos otros.  Acepté.

Aquel día, después de algunas clases tediosas en la facultad, me encontré con Rubén que sostenía algunos libros. No me detuve a preguntar por sus lecturas. En ese momento mis pensamientos se ocupaban en una sola persona y estaba ausente.

– Vámonos -dijo-. Susana nos alcanzará más tarde, al parecer tenía que encontrarse con Santiago para resolver no sé qué cosa. Allá los vemos.

Caminamos. Salimos de las calles principales y nos dirigíamos hacía el departamento que él  junto con otros había rentado por un precio bastante accesible. Después de media hora de un paso semiapresurado y, entre las conversaciones sobre los temas de las clases que compartíamos, llegamos al dichoso lugar. Era la primera vez que yo conocía ese lugar, al que Rubén y todos los que entraban se referían como: el albergue.

Llegamos y saludamos a quienes se encontraban ahí. Había no más de cinco personas, incluidos nosotros. Rubén me aseguro que la hora no era propicia para esperar más gente. Pero sin duda, dentro de algunas horas, el lugar estaría repleto, lleno de música, alcohol y muchas más cosas.

– Y sin duda, ella estará aquí -dijo-. Ten calma y ponte cómodo.

Rubén me presentó con los que se encontraban ahí. Estaban Alejandro, Heriberto y Amanda. Conversamos sobre algunos temas de interés, pero no profundizamos. Pasamos mucho tiempo en silencio, y de vez en cuando se reanudaba la plática. Estar ahí era como olvidarse de todo aquello que existía fuera de esa diminuta puerta de madera blanca. Estábamos nosotros cinco y era suficiente. Escuchábamos música, bebíamos y reanudábamos la conversación por momentos. Pasaron las horas y más gente comenzó a llegar. Algunas caras me eran familiares; otras totalmente desconocidas. La música creaba un ambiente propicio para que los desconocidos se conocieran; para que las enemistades tuvieran una nueva oportunidad de solucionar los problemas. Nunca me había sentido tan cómodo como aquella vez lo estuve en el albergue. Al final del día, Susana llegó con Santiago. Pero no se quedaron  mucho. Una…, quizá dos cervezas y luego sin decir nada se fueron. Rubén de inmediato se disculpó.

– Últimamente se han comportado muy raro ­-dijo-. Desde que Susana comenzó a salir con Santiago, es muy difícil verla por aquí. Pero hoy me aseguró que aquí estaría y por eso te traje.

– Está bien -le contesté indiferente-. La realidad es que después de algunas horas, el que Susana llegara o no, me tenía sin cuidado. He tenido un buen tiempo hoy.

– Aquí puedes venir cuando quieras -aseguró.

Los días pasaron y yo seguí frecuentando el albergue. Algunas veces solo, algunas veces en compañía de Rubén o de alguien más con quien ya hubiera compartido palabras en ese lugar. Había conocido tantas personas ahí, que al cruzar la puerta me sentía en compañía de una nueva familia. Una familia que existía sólo por tiempo determinado; una familia que te obligaba a existir de una manera diferente; que te obligaba a dejar de ser lo que eras después de cruzar la puerta del albergue. Todos, sin duda, tenían una opinión sobre el lugar. Algunas eran similares; otras, quizá, un poco distintas. Todos vivían de manera distinta aquellos momentos. Susana también tenía una opinión y la compartió conmigo la noche en que tuve la oportunidad de percibir la belleza de sus pensamientos.

La noche en que por primera vez tuve la oportunidad de conversar con Susana hacía mucho calor, como era costumbre en el albergue. Las ventanas estaban abiertas de par en par y por momentos se podía sentir el fresco del aire nocturno. La noche ya estaba muy avanzada, pocos eran los que seguían despiertos. Habíamos estado ahí alrededor de siete horas. La música seguía sonando. Yo estaba platicando con Rubén acerca de los pormenores de su última relación con Amanda. Me contó cómo había terminado todo eso, que la extrañaba y que en muchas ocasiones había soñado con estar cerca de ella de nuevo. Yo no sabía qué decir y sólo escuchaba. Rubén estaba rebasado por el alcohol y era difícil que lograra articular una oración correctamente. Así que se disculpó y buscó un lugar en el piso para recostarse como muchos otros ya lo habían hecho. Me asomé por la ventana y noté la tranquilidad de la noche. Pensé cómo el mundo sería diferente al salir del albergue y que mañana, a primera hora, estaría deseando volver de nuevo. En realidad, esa misma noche sentía ya la nostalgia de abandonar el lugar. Cuando estaba a punto de unirme a todos los que ya estaban dormidos, se escuchó el rechinido de la cerradura de la puerta. Era Susana. Saludó a los pocos que seguían despiertos, pero su conversación no duró mucho, apenas podían mantener sus ojos abiertos. Susana se levantó del sillón donde se había sentado segundos antes para conversar y nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió y yo hice lo mismo. Fue al cuarto de cocina y tomó una cerveza. Se sentó a mi lado y me ofreció un trago que acepté con gusto.

– Parece que llegué muy tarde –dijo con una sonrisa y dio un trago a su cerveza.

Sonreí.

– ¿Hace cuánto que estás aquí solo? – Me preguntó­.

– No mucho- respondí, algo apenado-. Estaba platicando con Rubén sobre Amanda. El pobre parecía devastado.

– Él siempre es así -continuó- siempre es así aquí. Cada vez que Rubén bebe de más, termina contando la misma historia que, seguramente, todos aquí hemos escuchado más de una vez. Pero así es el amor. Cuando te posee, te posee.

Susana dio otro trago a su cerveza y estiró su brazo para ofrecérmela nuevamente. La tomé y di un trago, esta vez más grande. Me sentía intimidado con su presencia, o tal vez estaba apenado. Ella notó mi silencio, que ya se había prolongado por unos minutos. Dio un suspiro prolongado y me preguntó:

– ¿Hace cuánto que vienes al albergue?

– Ya han pasado unos meses. Rubén me invitó por primera vez y desde entonces son muchos los días en que estoy aquí.

Susana sonrió y yo con ella, sin saber exactamente qué era lo gracioso de lo que yo había dicho. Después de unos segundos dijo:

– Así pasa-. La mayoría de gente que se da una vuelta por aquí siempre regresa. Son pocos los que no lo hacen. Es como si aquí pudieran vivir de una manera distinta. Ser ellos sin ser los mismos, tú me entiendes.

-Seguro.

– Hace dos años, más o menos -continuó diciendo- renté este lugar con Rubén y Santiago. Necesitábamos un lugar donde quedarnos para ir a la facultad. Así que encontramos este cuarto que nos pareció barato y cómodo. Un día decidimos reunir a algunos compañeros de la facultad para conversar sobre algunos asuntos de una materia que nos estaba dando muchos problemas. Pero al final del día todos estábamos ebrios y conversando en su mayoría sobre los problemas que nos agobiaban: familiares, económicos, escolares, entre otros como el amor, la amistad, ya sabes, todos esos. En fin, aquella noche compartimos todas nuestras frustraciones. Uno de nosotros lo llamó una terapia grupal. Así que días después decidimos hacerlo de nuevo. La conversación fluyó y de nuevo conversamos sobre todo lo que estaba mal en nosotros, sobre si debíamos cambiarlo o no. Tiempo después nuevas personas comenzaron a llegar, invitados por nosotros mismos. Antes lo hacíamos cada ocho días, pero fue tanto el ánimo y apoyo que todos necesitábamos que pronto la gente comenzaba a venir y preguntar si podían quedarse aquí por un rato. No podíamos negarnos. Santiago, Rubén y yo decidimos que quien quisiera venir a contar sus problemas o quien necesitara un espacio para despejar los pensamientos de todo lo que había fuera de este lugar, se lo daríamos. Nosotros podíamos usar la biblioteca para asuntos de la escuela, eso era lo de menos.

Mientras Susana decía todo esto, miraba al vacío de la noche. Estábamos sentados mirando hacia la ventana que ofrecía un cielo oscuro y despejado. Susana no podía esconder la sonrisa que le provocaban todos esos recuerdos. Dio un suspiro y se detuvo. Entonces pregunté:

– ¿Por qué le nombraron “el albergue”?

– Esa es siempre la pregunta obligada -dijo con una risa contenida-. La idea surgió casi por sí misma. Después de tantas reuniones, Santiago, en una de ellas, dijo que nunca se había sentido tan arropado; que la compañía y las personas que aquí había conocido le habían dado un refugió que nunca se había molestado en buscar. Dentro de la conversación alguien más dijo que este lugar era el depósito de todo lo malo de los seres humanos: sus frustraciones, sus problemas, dolores, amores, y muchas otras cosas. Lo nombramos el depósito. Pero había connotaciones negativas en la palabra y lo que aquí se hacía era más que algo malo. No era malo, por supuesto. Así que más que un depósito de todo lo malo, era un refugio para todo lo malo. Al socorrernos unos a otros, al escucharnos, decidimos que esto era un albergue. Fue así que este lugar recibió su nombre y muy pronto se hizo popular. En la facultad se escuchaban pláticas mencionando el albergue o preguntando por su ubicación…

La voz de Susana se cortó. En sus ojos se asomaban algunas lágrimas que se negaban a caer. No dije nada. Susana miró su cerveza y suspiró. Giro su cabeza y me ofreció una sonrisa. Aun en la oscuridad del cuarto, logré notar una pequeña cicatriz debajo de su ceja, similar a la que yo tenía, y vi cómo esa diminuta marca dotaba a su mirada de algo especial, que hasta hoy, no he logrado comprender.

– En fin… -continuó­-. Creíamos que habíamos encontrado la esencia del ser humano, la tristeza. Después de algún tiempo, comencé a darme cuenta que las personas tenían muchas historias que ofrecer. No historias de éxito y satisfacciones. Y juntos, en compañía de todos los visitantes, logramos percatarnos que el conocer esas historias era conocer la verdadera esencia de quienes las contaban, pues a medida que las horas transcurrían y el alcohol circulaban en grandes cantidades por nuestra sangre, las personas ofrecían su sinceridad, contaban sus amores y confesaban sus miedos, y, no era difícil adivinar, el más grande de ellos era el fracaso. El fracaso a no ser lo que los demás esperan de ellos, fracaso a no llegar a ser lo que uno quiere de sí mismo. Habíamos creado un hogar, una comunidad en la cual los integrantes nos sentíamos en verdadera confianza. Llegamos a pensar, incluso, en la tristeza como la cura de la misma tristeza. Un fracaso significaba una nueva oportunidad para embriagarse, para divertirnos. Pero quizá lo más importante de estas reuniones nocturnas era una nueva posibilidad. Un comienzo nuevo o una solución, dependiendo la magnitud del problema. Reunirnos significa, creo, buscar un nuevo futuro, buscar alternativas, nuevos proyectos. Bien o mal, sin embargo, siempre volvemos, nos embriagamos y dejamos el lugar con nuevas esperanzas. Es un círculo interminable del que nadie o muy pocos se han atrevido a salir.

Después de todas estas palabras, Susana se quebró por completo. Lágrimas interminables comenzaron a brotar de sus ojos negros. La abracé y así continuó por un rato. La música seguía ofreciendo el sonido de las cuerdas de los setentas y el vacío de la noche seguía ahí inmenso e indescifrable. Susana se levantó y dijo que debía ir a dormir. Así que la vi marcharse por la misma puerta por donde había entrado hace algunos minutos. Estiró la mano para ofrecerme su cerveza y yo la tomé, con tristeza al ver que se marchaba. Pensé en todo lo que Susana me había dicho y en lo que Rubén me había contado hace algunos minutos sobre Amanda. Estos pensamientos me mantuvieron despierto por algún tiempo hasta que decidí recostarme en un lugar cerca de Lucía y dormir por algún rato.

Los días pasaron y yo dejé de frecuentar el albergue hasta cierto día que me sentí abrumado por situaciones escolares. Y ahí estaba Susana. Después de algunos días nos volvíamos a encontrar. Me saludó y me uní a la conversación que sostenía con Rubén. Escuché con atención la situación que Susana estaba viviendo con Santiago. Según recuerdo éste había decidido mudarse a otra ciudad en busca de nuevas oportunidades. Susana lloraba y Rubén y yo intentábamos consolarla. Muchos días siguieron el mismo curso. Algunas ocasiones Rubén o algunos otros compañeros nos acompañaban en la conversación. Otras, éramos sólo Susana y yo. Después del algún tiempo, y sin pensarlo demasiado, comenzamos una relación. Pero no duró mucho. Susana comenzó, pronto, una nueva vida. Encontró un trabajo, conoció nuevas personas, en fin, si no era en el albergue, difícilmente podíamos coincidir. Por esta razón decidimos no continuar juntos.

No puedo ocultar que la extrañé, y que más de una noche terminé contando nuestra historia en el albergue. Por aquel entonces, ya eran muy pocas las caras conocidas que se veían ahí. Rubén, Amanda, Lucía, y muchos otros dejaron de frecuentar el lugar y ya casi nunca los veía si no era por los pasillos de la facultad; atareados, y casi irreconocibles, la amistad se fue perdiendo. Yo seguía frecuentando el albergue que ahora pagaba junto con otros compañeros. Pero pronto la gente dejó de ir y el lugar comenzó a cubrirse de una nostalgia, de esas que envuelve a los corazones sin esperanza. Algunos consiguieron un trabajo y dedicaron su vida a él, perdiéndose, vaciando toda la vida que habían adquirido en el albergue. Muchos otros se aburrieron de una vida incierta, de reuniones que algunas veces llegaban a alcanzar tonos oscuramente depresivos. Y algunos sólo decidieron no volver nunca. Quienes todavía frecuentábamos el lugar, nos preguntábamos si en verdad habíamos creado algo especial o era sólo un refugio para escapar del presente, para evadirse de la vida y de uno mismo. Cuando menos me di cuenta, sólo estábamos Jacobo y yo. Bebíamos pero ya no compartíamos los fracasos. Más bien, preguntábamos por nuestro futuro, nuestras metas y sobre abandonar esta vida. Buscar proyectos serios, trabajos, dinero, algo más que meras compañías ocasionales.

Jacobo se fue y a mí me resultaría imposible pagar el costo del albergue. Así que decidí no pagar más y quedarme ahí lo que hasta ahora mi dinero había pagado. Por eso llamé a Susana, con la esperanza de tenerla de nuevo cerca de mí, de compartir una noche más todo aquello que nos abruma. Lamentablemente, se ha negado. Ya no hay nadie cerca y me cuesta trabajo aceptarlo. Por eso ahora lo cuento, a ustedes que leen, porque son los únicos que, después de mucho tiempo, por distintos problemas o frustraciones, o simplemente por puro azar, han decidido visitarme este día en el albergue.

Edgar Anguiano. Estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Anteriormente, ha publicado en la revista electrónica Sinfín, la revista Morbífica de la FES Acatlán.