El ideal de los amantes

El ideal de los amantes

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El amor es una manera con que el ser humano puede sentir empatía por otro ser humano. También es una forma de vincular una existencia a otra, de manera tal, que el espacio y el tiempo se deforman.

Al igual que el amor, el arte puede lograr este tipo de manifestaciones y vínculos. Cada obra ofrece un estímulo y el espectador de manera particular, se apropia de ella estableciendo comunicación con el autor sin que este se encuentre presente.

Aunque la comparación entre el amor y el arte descrita se perciba como una idea romántica, la complejidad de ambas posibilita los cambios en la percepción y la materia como acto de creación.

Primeramente percibimos cierta extrañeza. El vínculo establecido desarticula la existencia respecto a la realidad. El espacio se desentiende de lo material y se acerca a significar lo observable y lo aprehensible. Para hacerlo, requerimos de los elementos necesarios para proyectar nuestros sentimientos hacia otra persona y el conducto para hacerlo es mediante el contacto físico, sdenominado cariño, mediante una caricia, un abrazo o un beso.

Por otro lado, el tiempo desestructura la época y el contexto socio-histórico para atender la amalgama de significados pasados y futuros en el presente en un contexto particular. Dicho de un modo romántico, el tiempo congela el momento para volverlo único.

El vaivén de este ir y venir dentro del romanticismo y la sutil comparación entre el amor y el arte, nos posiciona el reconocimiento dentro del momento y la cercanía, de la creación de una figura invisible a la hemos llamado amante.

Despectivamente este término se ha utilizado como referencia hacia una persona deseante del amor de alguien comprometido, que demuestra un afecto impuro y desaprobado, lleno de pasión y goce, falto de normas y economía. No obstante, el afecto provisto de todos esos adjetivos es el que crece y se almacena cuando una persona está enamorada. Ergo, las personas enamoradas son amantes en potencia aguardando el momento de expresarse. Para crear o contemplar el arte y para amar o ser amado, implica ser dominados por la mezcla de pasión y contemplación llevando a la transformarse en la figura del amante.

De esta manera, no solo el desborde afectivo convertido en caricias o la contemplación del momento es lo que nos convierte en amantes. Lo que nos coloca en esa figura es el ideal de pareja que estructuramos. En este sentido, el amor se vuelve expresión afectiva y el arte expresión detonante de la expresión amorosa. Es nuestro deseo hacia el encuentro de la totalidad.

En la búsqueda de nuestro ideal, los amantes necesitan llamarse pareja para hacer presente su deseo de estar juntos sin juicio del contexto social. Su reconocimiento diluye la potencia e impacta en el romanticismo. Dentro de esta categoría se establecen normas en la relación entre los amantes.

El arte sigue el mismo camino. Todas las obras mezclan la sutileza de la expresión con la fuerza del momento. Una obra se piensa y ejecuta desde de la búsqueda de un ideal. Expresa su sentir, como si fuera un contacto físico, mediante cada palabra, verso, ritmo, trazo o movimiento. Del mismo modo, petrifica el afecto en el tiempo como si de un fragmento existencial se tratara. Luego se interpreta cada obra respecto a su impacto, momento e ideología hasta que la sociedad norma su contenido para la estandarización de su interpretación.

Así, el romanticismo establece el relato universal del contenido del amor. Sin embargo, el vínculo entre el amor y la obra de arte va más allá y abre una brecha en la tendencia resaltando la profundidad escondida en la ilusión de su contenido explícito.

En este caso, las obras de Gustav Klimt, “El beso” y de Rene Magritte, “Los amantes”, expresan el ideal de la pasión manifiesta sobre el momento eternizado como ancla de la perspectiva. Sus pinturas se vuelven la brecha que separa el romanticismo y la figura del amante.

La obra de Gustav Klimt, en lugar de mostrarnos una pareja, nos muestra un par de amantes. Entre borde de una cima y el abrazo, los amantes se condensan en la perpetuidad que se extiende en el beso. El rescate de la totalidad se da al filo del abismo, aferrándose a la vida con un beso, provocando que dicho semblante, sea el sostén de la persona amada.

Por otro lado, la pintura de Rene Magritte, contiene a dos amantes cubiertos de la cabeza dándose un beso en la esquina de una habitación y un fondo profundo, ominoso y etéreo. El semblante de este beso se da con el rostro de los amantes cubiertos con capuchas, mostrando la lejanía y cercanía que existe entre ellos.

En ambos casos, los ideales se encuentran establecidos, cada persona busca en el otro todo aquello que no posee. Los amantes buscan ese ideal intangible. El beso, además, como sello del pacto silencioso entre ambos, se realiza con los ojos cerrados, incitando la ruptura con la realidad y pregonando las fantasías.

La pintura de Klimt muestra con claridad quien es el que besa. La persecución del ideal se hace más grande ya que este se mantiene mientras quien lo pretenda alcanzar, encuentre satisfacción en sostenerlo en la lejanía. Sin embargo, en la pintura de Magritte ¿Quién besa a quién?

La pregunta propuesta debate la connotación metafísica sobre lo verdadero y lo que esta fuera de la figura establecida en los amantes. Nietzsche, en este sentido, planteaba el arte como subversión a la idea de lo verdadero. Estableció los parámetros de un sustento filosófico y metafísico a partir de la creación y la actividad para construir un mundo.

Si los argumentos establecidos por Nietzsche sustentan las similitudes estipuladas en el presente ensayo entre el amor con el arte, entonces la figura de los amantes también significaría un acto de subversión.

Ambas pinturas nos muestran la secuencia de dos momentos. El primero esta en la obra de Klimt. Nos remite a la dinámica del ideal como un pacto simbiótico. Mientras el ideal nos ofrezca una verdad que perseguir, lo miraremos para mantenerlo vivo. El segundo momento enfatiza la simbiosis del ideal. La puesta se encuentra ahora en la vertiginosa lucha de los amantes por establecer cada uno su ideal en el otro devorándolo al momento de la entrega total.

En ese lapso, la figura del héroe se hace presente, no como el héroe romántico que osa a transgredir su destino, sino como le héroe trágico que lo busca a sabiendas de que es inevitable. Así, la tragedia se erige como pilar principal no solo del artista y el arte, también del amor.

Los amantes mostrados en la obra de Klimt reflejan el heroísmo ante el abismo, reflejan una posición de sostén. El beso perpetuo, no dado pero imaginado, en la obra de Magritte, encuentra el destino perpetuo arrojándose hacia el ideal.

Héroe y destino desdibujan la vida en otra vida para que la totalidad resquebrajada se haga presente como la imagen de la individualidad. Desean la totalidad para obtener la nada.

Explícitamente, esta dinámica se manifiesta en una canción del género pop. Los instrumentos de la canción brindan la profundidad suficiente para pensar la letra desde lo antes expuesto.

El grupo llamado Curiosity Killed The Cat, abanderado por el padre del art pop, Andy Wharhol, interpreto en la década de los 80, la canción “Red Lights” y en uno de los videos representantes de dicha canción, que vagan por la red, está acompañado por la imagen de la pintura de Magritte.

“Red Lights” narra la totalidad asumida cuando uno desarticula el espacio y el tiempo de la materia para darle paso al momento denominado amor. Fortuitamente, el nombre del grupo es tomado de aquel proverbio que nos ponía a pensar sobre las consecuencias de investigar.

https://www.youtube.com/watch?v=CxMXYWV556Q

Entender el conflicto del encuentro del héroe con su destino, cuestiona la tragedia inenarrable de la verdad como un hecho ultimo y universal. Fragmenta dicho concepto en subjetividades que, más allá de la interpretación, establecen la subversión en el acto de amar y de crear. Así, el amor devenido en los amantes y el arte devenido obra circulan entre la frontera de la totalidad y la nada.

“Los amantes” de Magritte, “El beso” de Klimt y “Red Lights” de Curiosity Killed The Cat producen un relato diferente que converge en la intimidad con su ideal, debajo de los parpados y debajo de las máscaras y la tonalidad de los instrumentos acompañando la letra.

El hecho de besar la carne pensando en el amante ideal, el hecho de escuchar la supuesta voz de la anhelada figura intangible, resulta tan doloroso que cada amante cae en un sincretismo al interpretar personajes indefinidos en una tragedia inconsciente. A veces como el héroe, a veces como el destino. Sin embargo, ninguno de los dos se enfrenta motivado por la venganza.

Encuentran su motivación en desarticular la verdad aunque signifique envolver la totalidad con la nada. Los amantes y la obra de arte se convierten en paradoja justo como el héroe que cuestiona la verdad huyendo de su destino solo para encontrarlo.

La película del séptimo sello de Ingmar Bergman muestra, sin caer en el reduccionismo de su contenido, la paradoja del viaje del héroe y su enfrentamiento del héroe contra la nada representada por la muerte.

El héroe se vuelve amante de su vida, de su verdad. Es tan valiosa que la apuesta en un juego de ajedrez contra la muerte aplazando el encuentro con su destino sin mirar que el mismo regresa al sendero impuesto para cuestionar nuevamente la certeza de la fragmentación, el estallido del ideal y el entendimiento del caos. Como decía Nietzsche, la naturaleza de la verdad es ver la verdad como error.

Y desde esa verdad es como se puede entender que el amor y la pasión perduren más con la figura del amante que dentro de la figura ilusoria de la totalidad llamada pareja.

Como pareja, se huye sin huir y se acepta la verdad como acierto. Uno deja de luchar contra la muerte y se rinde ante ella pensando que el ideal de pareja los salvará.

El héroe deja de serlo al abrazar su destino y se entrega al acierto de la costumbre. Pero el ideal no ha muerto, solo muere su representante y este se encarga de levantar el velo para mostrar debajo al sujeto como objeto de la nada para que nuevamente se inicie su búsqueda.

La representación del amante dentro del arte no implica amor al arte, si no el arte hecho con amor. Pone lo mas cerca posible el ideal para cuestionarlo y encontrar en la particularidad el camino al héroe para emprender la búsqueda hacia otro ideal que diferencie la verdad como ideal y la verdad como error. Ahí se encuentra el ideal de los amantes, en la vuelta de la pasión.

Bergman define con una frase dentro de su película el ciclo de la travesía heroica del amante y el encuentro con la verdad como error: “Si todo es imperfecto en este mundo imperfecto, el amor es lo más perfecto de todo, precisamente por su perfecta imperfección.”

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Soy León de la Cruz. El seudónimo adoptado proviene de mis dos últimos apellidos por la relevancia que ha tenido la familia hacia mi persona. Nací el 16 de Abril de 1987 en la Ciudad de México y siempre he radicado en la capital mexicana. Estudie la carrera en Psicología en la UAM Xochimilco. He cursado el Diplomado en Psicoanálisis Freud-Lacán que imparte la UACM, y dos seminarios; uno sobre Psicoanálisis, Música y Literatura y otro sobre Psicoanálisis y Música, impartido por Israel Cruz Olalde. A lo largo de mi vida, me he involucrado por periodos a la exploración y ejecución de Artes como la música y la literatura de manera no formal. En música ha sido como vocalista en diversas etapas de mí vida y he tomado un curso de canto jazz en la casa del lago. En literatura escribí una novela titulada “El código del destino. La máscara perdida” que espero sea publicada. Para mí el arte ha sido una herramienta de reconstrucción individual y colectiva, proveniente de la fascinación por la incertidumbre y la capacidad creativa y transformadora que tiene el ser humano. Mi forma de sentir el arte enmarca el camino que he seguido a lo largo de estos años para su apreciación y la ejecución: el cuestionamiento, la observación y la ejecución..