Ensayo. Catalecticofobia: miedo a lo definitivo

Ensayo. Catalecticofobia: miedo a lo definitivo

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La palabra catalecticofobia no existe, mejor dicho: se trata de un neologismo. Katalektikós se refiere en griego al punto ortográfico, el que se usa para dar fin a una oración como ésta. Pero cataléctico define también un verso al que se le amputa la última sílaba en aras de la métrica. Por un lado, miedo a los puntos finales; por otro, miedo a lo precipitado. O dicho de otro modo, catalecticofobia como el miedo a dar por cerrado un ciclo al mismo tiempo que se teme dejar de desarrollarlo.

Esta palabra obedece a las reglas de la gramática, en torno a la cual hay dos tendencias bien diferenciadas: se la desdeña o se la sobrevalora. Quien la desdeña no siempre lo hace sin intención, pero sí desde la ignorancia. La ve como una forma de control y se rebela contra ella. Quien la sobrevalora está en una situación no menos desfavorable. La ve como un ídolo, vivo pero inmóvil, al que rinde culto su propia inteligencia –“¡el ídolo, amigos, que es digno de mi inteligencia!”. La valora sin preguntarse qué significa. La sobrevalora porque no la comprende.

Pero aunque la gramática sí denota inteligencia, no sólo expresa inteligencia; el pensamiento no se reduce a la inteligencia. Así, del pensamiento la gramática no es la expresión sino la metáfora más apegada, lo que permite pensar que hay algo más amplio que toda expresión gramática del pensamiento, al mismo tiempo que la gramática no expresa sólo lo inteligible. Una metáfora no sentencia, no explica ni desarrolla, habla precisamente de eso que es más amplio y que no estaba dicho. En el caso de la catalecticofobia, la metáfora gramática dice: todo punto es arbitrario, todo fin es provisional.

Entonces, la particularidad del punto final como metáfora del pensamiento y de una tendencia actual estriba más en lo implícito que en lo gráfico. ¿Ya se entendió la ironía? El punto pretende marcar un fin, pero en cambio lo que logra es enfatizar que siempre habrá algo más adelante: levanta la expectativa. Esto no implica que la ironía inversa sea un hecho: que lo inacabado signifique en realidad un final. La rebeldía contra la gramática, y los casos específicos de no usar punto final y del verso cataléctico, expresan todavía con mayor fuerza el rechazo a lo definitivo. Hay una gran diferencia entre lo definitivo y lo interrumpido; es la diferencia entre resolución y reacción.

El miedo a lo definitivo, la catalecticofobia, es más profunda de lo que parece. No se trata de un miedo a terminar las cosas, a darles fin. Dar un fin abrupto o precipitado a los asuntos es una expresión del miedo. Se trata más bien de cómo nos enfrentamos en esta época y en esta generación a la congoja de la vida, ni más ni menos que a la angustia. La catalecticofobia encierra la angustia, le da un nombre y una manera particular de existir. Tal vez porque se hicieron muchos progresos en aspectos de la vida que en última instancia no acabaron con otros horrores de la existencia, pero al fin y al cabo cuando nos enfrentamos con toda la vida no podemos más que dar la vuelta y pensar que entraremos a ello, que tomaremos al toro por los cuernos… en el futuro, cuando haya tiempo y se haya dado resolución a lo demás. El problema de por dónde comenzar se ve ahora en términos de qué hay que terminar primero.

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No es un simple juego de palabras decir que lo que define con mucho apego nuestra época es el miedo a lo definitivo. El miembro de esta misma generación que definimos tomaría como algo aberrante tal definición e intentaría acto seguido evadirla, menospreciarla o incluso refutarla. Se trataría, en efecto, de un síntoma claro de catalecticofobia: no dejarse definir.

Toda fobia encuentra su refugio en un repliegue. En el caso de ésta, el repliegue en lo continuado. No es el miedo a hacer planes o establecer plazos para el futuro, lo cual ya tiene como nombre el de teleofobia. Todo lo contrario. De lo que aquí se trata es de una afición por el futuro, de una confianza desmedida en él. De ahí que se pueda manifestar como una manía por hacer planes, por fijar plazos a distancias y tiempos diversos, por comenzar etapas una y otra vez, empalmándolas, sin que haya un momento en que se diga: “Estoy fuera de toda etapa y de todo proyecto. Estoy aquí y ahora; no me hablen de antes ni de después.”