Ensayo: Mantener los ojos cerrados. Autor: Antonio Jarquín

Ensayo: Mantener los ojos cerrados. Autor: Antonio Jarquín

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MANTENER LOS OJOS CERRADOS

 

Autor: Antonio Jarquín

“En realidad, ya que la evidencia de la muerte material acaba con cualquier esperanza de fusión, es imposible que la vanidad y la crueldad dejen de extenderse. La única compensación –concluyó de forma extraña- es que lo mismo ocurre con el amor.”
Michel Houllebecq

No elegiría ser una langosta porque la inmortalidad me aterra; prefiero saber que algún día moriré y que mi carne se pudrirá a saber que seré un errante como aquellas criaturas en el cuento de Borges. O peor. El eterno fluir dentro de las corrientes marítimas, en espera de que algún comensal me salve de vivir al encajar un cuchillo en mi dorso. No, no podría ser una langosta. En cambio, si la recepcionista me preguntara qué animal quisiera ser al terminar mis cuarenta y cinco días en el hotel, elegiría ser un zorro. Uno común. Vulpes vulpes. Puedo imaginarme haciendo una madriguera en las raíces de un árbol, degollando gallinas o corriendo por los pastizales. Éstas no son más que fantasías. Su inicio (el hotel) no lo es del todo.

Una mujer conduce por la carretera, afuera llueve. Desacelera, abre la puerta y sale con una pistola en la mano. Nosotros, los espectadores, nos quedamos dentro del vehículo y vemos cómo ella se para frente a un asno y le dispara en la cabeza. El animal se desploma.

Cambio de escena. “¿Usa anteojos o pupilentes?”, “anteojos”, le responde una voz femenina a un Colin Farrell demacrado, quien sorbe mocos y llora. No, no es el Farrell bien torneado de Total Recall sino un barrigón con lentes de moldura gruesa y bigote arreglado: un cuarentón. No sabemos bien lo que pasa, pero es fácil intuirlo, quiere saber por qué las cosas fallaron. Es imposible evitar la curiosidad, buscar la claridad de las cosas ¿no es así? Saber cómo es la otra persona, la que salió triunfante al fin del torpe y agotador juego del amor. “¿Usa lentes?”, “¿Te mira como yo lo hago?”, “¿Es que gana más?”, “¿Coge mejor?”. Pienso por alguna razón en Viernes que, con su torpe inglés, le relata a Robinson Crusoe las bárbaras costumbres de su pueblo. Las grandes batallas, los prisioneros, la antropofagia…sea el mismo destino para todos nosotros, ganar o ser devorados, the winner takes it all (Abba dixit).

Pero la vida sigue. Hay que hacer las maletas porque un auto espera afuera del departamento. Es tiempo de ir al Hotel.

Yorgos Lanthimos así lo pensó. Alberca, habitaciones espaciosas, salón de baile, recepción, desayunador. Un resort cinco estrellas en donde se puede matar una de las pocas tardes disponibles en nadar, bailar o salir de cacería. Claro, sin perder de vista la razón de estar ahí: es necesario enamorarse. Nosotros, en cambio, no tenemos hotel, o el que tenemos es abstracto. Nuestro espacio de cortejo es infinito; la gran Red trajo consigo la revolución del amor, o al menos del sexo, eso rompió los límites que nos separaban y nos sumergió en la gran piscina homogénea de la internet; el resultado fue un aumento exponencial de la oferta, la competencia dejó de ser local para ser global. Las excusas están de más, es necesario afilar el armamento y lanzarse a la batalla porque, a decir verdad ¿quién no querría enamorarse?

Bien, ya estoy aquí, ¿qué sigue? Elegir una buena camisa, comer bien, ejercitarse todos los días, un buen perfume también es importante, contar con algunas buenas habilidades, tener buenas historias para contar, ser inteligente y amable y divertido y agradable. Hay que ser muy cuidadoso con los protocolos. Comenzar con algunas miradas furtivas, no muchas; demostrar un poco de interés, sí, pero sobre todo generarlo. Después las palabras. Ser de conversación efervescente y no provocar el aburrimiento; hacer preguntas, muchas preguntas sobre cualquier cosa: “¿a qué edad empezaste a…?”, “¿qué te gusta de…?” “¿te atreverías a…?”. No dejar que las palabras cesen, pero tampoco que asfixien. Ser un suave y abundante caudal que nunca se detiene, que nunca se seca. Si la situación lo permite, romper la barrera física. Dejar a la piel que siempre está al descubierto juguetear con la ajena, todo con lentitud, todo con paciencia. Los mensajes, las llamadas, las indirectas, pero, más importante, el silencio. Las cortesías, la demostración del potencial inherente, la escurridiza seducción. En resumidas cuentas, convertirse en un objeto lo más humanamente posible.
“Lejos de la idealización de los sueños, cortejos y galanteos, el sistema general de la conquista pertenece, como en las avispas o en los conejos [¿ser un conejo? ¡Impensable!], a un plan eficaz que responde al designio expansivo del mundo. El corazón más ardiente forma parte de una caldera gigante y el beso más íntimo representa un obligado eslabón en la cadena superindustrial que arrastra y reelabora el abultado cuerpo del mundo.”

Porque también el amor participa dentro de una voraz lógica económica, con sus inversiones y sus pérdidas, sus utilidades y sus mermas; estar en una relación, o siquiera empezarla, implica entrar por voluntad propia al mercado y realizar transacciones, sean ya metafóricas o literales, ¿es disparatado pensar que ese sentimiento tan candoroso que surge entre dos personas requiera de un sinfín de cosas las cuales pueda consumir? Chocolates, cartas, cenas, bebidas, condones, cuartos de hotel, joyería, vestidos blancos…  ¿Qué otro interés habría en que alguien como usted o como yo se enamoraran?

Y también el consumo abstracto. Bourdieu propuso el término de capital simbólico; quienes lo tienen ostentan algo que es difícil precisar: la “percha” concepto adelantado a su época por las abuelas. Una especie de encanto inexplicable que se construye por la situación histórica, económica y cultural del individuo. Esas son las monedas de cambio del sistema económico-amoroso del sentido. Un sistema que también cuenta con desigualdades; la biológica inequidad. Quienes se encuentran hasta el fondo de la pirámide son los que siempre (¡qué bueno!) han de estar solos.
Salir en viernes. Miradas furtivas a las mesas contiguas. Brotan las botellas vacías y platos con algunos restos de comida por doquier. Una pareja se mira con atención, empinan sus vasos o sus botellas y conversan en los limitados espacios que la estridencia les deja libres. “Eres, lo que más quiero en ese mundo, eso eres”. Ansiedad. Mirar a la persona de enfrente, luego alrededor, luego esa cerveza barata que te dice a gritos “¡No, ni creas! ¡No perteneces a ese lugar!”. Porque resulta seductor ser parte de esos intercambios. Las mesas en la otra sala son mejores que aquellas en donde les queman las manos a los solteros que se masturban al anochecer, los que niegan con su acto lo placentero que es tener a alguien que lo haga por ti.
Es entonces, con la mano dentro de la tostadora, que surge la melancolía. “Para los primeros [Ficino, quien inventó el término de ‘amor platónico’, y Cornelio Agrippa], la melancolía es una suerte de vacuidad interior (vacantia) que, en los mejores, se resolvía en una aspiración a lo alto; para Freud, la melancolía es un estado semejante al duelo; en ambos casos el sujeto se encuentra ante una pérdida del objeto deseado, sea porque ha desaparecido o porque no existe”. Kundera escribió alguna vez que el vértigo no es más que la atracción al vacío, es cierto; aquello que uno ve por el rabillo del ojo, con cierto recelo, quizás sea el lugar donde habita el placer.

“Hermanos, hermanas, ¿lo pueden ver? ¡El futuro es nuestro!” canta Jarvis Cocker con la mano en su cara. Y le creo. Parado en una esquina, junto a la mesa repleta de vasos y botanas, tarareo la canción; no me queda más remedio que creerle. Porque vendrán tiempos mejores. Un verdadero socialismo del amor. Basta con esperar pacientemente, seguir en el esfuerzo, golpearse la nariz una y otra vez contra la pared hasta que sangre. O escapar.

Hacerse unos pasos hacia atrás y mirar la desoladora pintura. ¿Vale la pena? El punto de quiebre para el protagonista de The Lobster es ver a su hermano (convertido en perro) destazado por una maniática de sangre fría. Pero no hace falta llegar a los extremos, basta mirarse al espejo, con el pelo cubierto de gel y reír estrepitosamente. Huir. “Qué tontería es el amor”, dijo el Estudiante al final de El Ruiseñor y la Rosa, mientras un ave yacía en la nieve con una espina clavada en el corazón. No hay que preocuparse por la soledad. Hay quienes ya han hecho la renuncia. Con el tiempo será posible hacerse de un grupo de personas que denueste al unísono a la cursilería como si ésta hubiera sido conjurada como un insulto personal contra cada uno de sus individuos. Negarán a lo que todos llaman amor, o por escepticismo o por simple falta de interés. Te sentirás cómodo, te dejarás fluir, te enamorarás.

¡¿Te enamorarás?! Es posible. En el espacio donde terminan los ritos y normas residen las emociones en su estado bruto. La utopía se construye en medio de ambos límites; así, quienes siguen el sendero del bosque, encontrarán la arcadia que no buscaban. Es cuando las cosas tendrán sentido: la inútil cursilería, las canciones en el bar a las dos de la mañana, el placer de saberse perteneciente a la maquinaria. El ciclo comenzará de nuevo o por primera vez o por última; es el largo, el triste juego del amor. Me recuerda a la broma del psicólogo: un hombre va al doctor y le dice “¿sabe? Tengo un problema, mi hermano piensa que es una gallina”, el médico le responde “¡y bueno! ¿Qué espera? Tráigalo cuanto antes para que pueda atenderlo”, “no lo entiende, doctor, es que necesitamos los huevos”. La doctrina que al final de Annie Hall comparte Woody Allen es, creo, la forma más prudente de conducirse en cuestiones que atañen a los sentimientos. Todo es tan ridículo, tan sinsentido, pero al final necesitamos los huevos.

Así, lo mejor es ignorar cualquier cosa dicha anteriormente, quemarla de ser posible. Hay que pararse frente al espejo, con el cuchillo en la mano y reventarse los ojos. “El Edipo glorioso del principio de la obra cegaba con su intenso resplandor a los espectadores, induciéndolos a interpretar la vida ilusoriamente, en cambio el Edipo ciego del final es el que de verdad emite una diáfana luz al público que, gracias a ella, acierta a ver el verdadero alcance y límites de la condición humana.”

José Antonio Jarquín (Toluca, Estado de México. 1992). Egresado de la licenciatura en Comunicación. Ha colaborado en distintos espacios alternativos como la revista “Sinapsis” de literatura, elaborada por estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. En 2013, ganó el concurso municipal de la juventud en Toluca, en categoría “cuento”. Estudió durante un semestre en la Escuela de Escritores “Juana de Asbaje”, ubicada en Metepec, Estado de México.