Poema: El hombre de Fukushima

Poema: El hombre de Fukushima

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Tras la larga noche de sirenas,
su casa y su huerto
rodeados de un nuevo paisaje
de ruinas y desechos,
el anciano sale a rezar por los nuevos dones,
insistiendo a todos los que huyen:
no son ruinas,
son ofrendas del nuevo dios,
no son desechos,
son semillas de creación.
Los hombres de blanco
se acercan al hombre
con rostro de asombro.
El anciano grita al verlos:
¡no está mi casa dispuesta
para acoger a los enviados del nuevo dios!
Y corre por el jardín
en busca de una flor de lila
y una ramita de naranjo,
y las coloca con mimo
en la puerta de entrada.
Los hombres de blanco se inquietan
ante la reacción del anciano,
no entienden su lenguaje,
su posición de semipostración,
repitiendo sin cesar,
que es consciente,
que no tiene miedo,
que es buen conocedor
de la nueva ley divina:
no son ruinas,
son ofrendas del nuevo dios,
no son desechos,
son semillas de creación.
El hombre se resiste a dejar su hogar,
no entiende las palabras de los hombres de blanco,
no entiende la palabra tragedia,
repite que no se siente descontento
con la obra del nuevo dios,
que es un ferviente devoto
de la religión del progreso.
Hacía 30 años —empezó a narrar—,
otros hombres de blanco
habían venido a su humilde casa,
y le habían dicho
que el nuevo dios,
del que nada debía temer
pues tenía cara de hombre,
necesitaba muchas de sus tierras,
le hablaron de la nueva filosofía del nuevo dios:
el progreso,
asegurándole que la nueva autopista
era deseo del nuevo dios.
El anciano decía que todavía recordaba
todas aquellas palabras
que un enviado del nuevo dios le dijo
cuando lloró viendo aquellas extrañas máquinas
destruir el viejo paraíso
de sus ancestros
cultivado
en honor
de los viejos dioses:

no son ruinas,
son ofrendas del nuevo dios,
no son desechos,
son semillas de creación
.